Fin de curso: cuando los niños respiran verano

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Llega junio y con él, el olor a libros cerrados, mochilas que descansan y cuerpos pequeños que por fin se estiran sin horario. El curso termina. Y aunque para muchos adultos es solo un cambio de ritmo en la logística familiar, para niñas y niños es mucho más que eso.

El final de curso no es solo el cierre de exámenes o la recogida de notas. Es también despedida de rutinas, de amistades diarias, de profesores que han marcado un año, y a veces, de una etapa entera. Algunos acaban Infantil, otros cambian de colegio, otros simplemente dejan atrás una clase en la que ya no volverán a estar. Y eso también es una forma de duelo, aunque no siempre lo nombremos así.

A menudo en consulta veo cómo los adultos pasamos por alto todo lo que se mueve emocionalmente en esta época: la mezcla de alivio, cansancio, ilusión por el verano y también tristeza, miedo, incertidumbre o sensación de vacío. Algunos niños están felices de empezar las vacaciones. Otros se sienten perdidos sin la estructura del colegio. Algunos disfrutan sin pensar. Otros, sin decirlo, se sienten solos.

Las emociones no se van de vacaciones

En verano, las emociones siguen ahí. Lo que cambia es el contexto. Ya no hay deberes ni reuniones, pero sigue habiendo rivalidades entre hermanos, rabietas, inseguridades, cansancio acumulado, frustración… Y también hay más tiempo juntos, más roce, más juego compartido, más oportunidades de vínculo.

Muchas veces, los adultos esperamos del verano “descanso”, pero los niños necesitan aún más: necesitan presencia, juego libre, descanso real (también emocional), y sobre todo necesitan ser vistos tal y como son, sin exigencias, sin deberes, sin sobresalientes que alcanzar.

¿Y si no hay campamento? ¿Y si no hay vacaciones?

No todos los niños tienen verano de catálogo. Hay familias sin medios, sin tiempo, sin red de apoyo. Y eso no significa que no pueda haber verano. A veces una tarde sin reloj, una comida improvisada en el suelo del salón, una lectura juntos antes de dormir o una conversación sin prisas son más nutritivas que cualquier plan fuera.

El verano no necesita ser productivo. Necesita ser reparador.

Algunas ideas para acompañar este cierre

  • Escucha lo que el curso ha dejado. A veces basta con preguntar: “¿Qué ha sido lo mejor de este año?” “¿Hay algo que te dio pena?” “¿Qué te gustaría que fuera diferente el curso que viene?”
  • No minimices ni corrijas emociones. Si tu hijo o hija está enfadado, cansado o triste estos días, no está siendo “malcriado”. Está procesando. Está cerrando. Está reajustándose.
  • Cuida también tu propio ritmo. No hace falta llenar el verano de actividades para ser una familia buena o suficiente. Basta con estar de verdad en lo que sí podáis vivir.

El descanso también educa

A veces, lo más importante no es lo que los niños aprenden en verano, sino lo que sienten en verano. ¿Se sienten seguros? ¿Acogidos? ¿Libres? ¿Importantes?

El verano es una pausa, pero no es un vacío. Es un espacio para respirar, para reconectar, para jugar, para aburrirse —sí, también eso—.

Y también es una gran oportunidad para leer. Pero no leer por obligación, sino por placer. Elegir qué les apetece, sin fichas, sin controles. Leer cómics, libros ilustrados, novelas, cuentos, revistas… lo que quieran. Lo importante no es el formato, es el disfrute. Que descubran que leer también puede ser una forma de viajar, de imaginar y de acompañarse a uno mismo. Que la lectura no se convierta en tarea, sino en compañía.

Que este verano sea, para tus hijos y para ti, una oportunidad de respirar… y de reencontrarse con el gusto por estar, por leer, por sentir.

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