
Llega el verano y con él una promesa que todos conocemos bien: la de desconectar, descansar, compartir tiempo con los nuestros y disfrutar. Pero para muchas personas, esa expectativa no se cumple. De hecho, el verano puede convertirse en una etapa especialmente tensa a nivel emocional y relacional, especialmente en el ámbito familiar y de pareja.
Durante el resto del año, la rutina y las obligaciones actúan como un colchón. No necesariamente resuelven los problemas, pero muchas veces los esconden o los anestesian. Las vacaciones, en cambio, nos colocan frente a frente, sin excusas ni distracciones. Hay más tiempo compartido, más decisiones cotidianas que tomar (¿qué comemos?, ¿a dónde vamos?, ¿quién se encarga de los niños?), más expectativas… y también más cansancio acumulado.
No es casual que tras el verano aumenten las separaciones. El mes de septiembre registra un pico en las solicitudes de divorcio en muchos países. Las vacaciones pueden funcionar como un “test de estrés” para la relación: lo que antes se sobrellevaba, ahora explota; lo que ya dolía, ahora duele más.
Y no porque la convivencia deba ser siempre perfecta, sino porque a veces, cuando se para el ruido, aparece el silencio… y en ese silencio puede haber distancia emocional, diferencias no habladas o incluso una sensación de estar en vidas paralelas.
Otra fuente de malestar es la presión social: la idea de que las vacaciones deben ser inolvidables, felices y perfectamente fotogénicas. A esto se suma el ideal de la familia unida, feliz y siempre de acuerdo, algo que raramente se da en la realidad.
Las vacaciones familiares suelen ser intensas: los ritmos cambian, hay que reorganizar rutinas, atender a los hijos más horas, y a veces lidiar con el aburrimiento, las rabietas o las diferencias de criterio entre los adultos. Muchas madres (especialmente ellas) sienten que no desconectan, que siguen sosteniendo la carga emocional y logística, aunque cambie el escenario.
Y mientras tanto, las redes sociales muestran imágenes de viajes idílicos, hijos sonrientes, parejas en sintonía… imágenes que, aunque sabemos que son solo una parte, pueden generar frustración, culpa o la sensación de estar “haciendo algo mal” si nuestras vacaciones no se parecen a eso.
No todas las personas se sienten bien cuando paran. A veces, el ritmo frenético del día a día funciona como una forma de evasión. Cuando el calendario se vacía y la exigencia externa desaparece, pueden aparecer el malestar interno, la ansiedad, el vacío o incluso la tristeza.
No disfrutar como se esperaba, sentirse desorientado con tanto tiempo libre o arrastrar la sensación de estar “malgastando” las vacaciones es más común de lo que pensamos. Y si a eso le sumamos el cansancio acumulado, las tensiones en la pareja o la presión interna por aprovechar cada minuto, no es raro que el descanso se vuelva una fuente más de estrés.
¿Qué podemos hacer para no salir peor que entramos del verano?
- Bajar las expectativas. No todo tiene que ser perfecto. Habrá momentos bonitos y otros tensos. Lo importante es no medir el valor del descanso por lo que se publica o por lo que “debería ser”.
- Hablar antes de las vacaciones: acordar necesidades, tiempos individuales y en pareja, y formas de repartir las tareas. No asumir que el otro “ya sabe” lo que necesitamos.
- Cuidar los espacios personales. Estar de vacaciones juntos no significa hacerlo todo juntos. A veces, un rato a solas ayuda a recargar y volver a conectar desde otro lugar.
- Normalizar el malestar estacional. Si te sientes más irritable, más sensible o incluso más triste en verano, no estás solo. Hay factores físicos, relacionales y emocionales que lo explican.
- Y si duele más de la cuenta… hablarlo. Con la pareja, con alguien de confianza, o en un espacio terapéutico. A veces el verano no trae descanso, pero sí claridad. Y eso también es valioso.
No siempre descansar es fácil. No siempre estar en familia es sencillo. No siempre el verano trae lo que esperábamos. Pero si logramos vivirlo con más realismo, con más escucha interna y con menos exigencia externa, es posible que nos deje algo más que fotos: tal vez, una pausa que nos acerque a lo que de verdad necesitamos.
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