
A veces, esperamos que quien está a nuestro lado sepa exactamente lo que nos pasa. Que adivine que hoy necesitábamos un abrazo. Que entienda que el tono de nuestra voz es señal de agotamiento. Que se dé cuenta de que nos sentimos solos, aunque estemos juntos.
Y cuando eso no ocurre, sentimos decepción. Incluso rabia.
“¿Cómo no se ha dado cuenta?”
“Si me conociera de verdad, lo sabría.”
“No debería tener que pedírselo…”
Pero aquí hay una trampa peligrosa: esperar que la pareja sepa lo que necesitamos sin decírselo es una forma silenciosa de boicotear la relación.
Nadie, por muy bien que nos conozca, puede leer la mente. Incluso cuando llevamos años compartiendo la vida, nuestras necesidades cambian. Lo que ayer nos aliviaba, hoy puede no ser suficiente. Lo que antes nos calmaba, ahora puede generarnos incomodidad. Y si no lo expresamos, la otra persona se mueve en un terreno confuso: quiere acertar, pero no tiene un mapa claro.
¿Por qué cuesta tanto pedir?
Hay muchos motivos por los que a veces no verbalizamos lo que necesitamos. A veces nos da miedo parecer “demasiado sensibles” o dependientes. O tememos que, si lo pedimos y no recibimos respuesta, nos sintamos todavía más rechazados. En otras ocasiones, hemos aprendido que expresar nuestras necesidades no servía para nada, o incluso traía consecuencias negativas. Así que callamos. Esperamos. Y acumulamos malestar.
Pero callar tiene un precio: la frustración se acumula y empieza a teñir nuestra percepción de la relación. El otro no sabe qué ocurre, y nosotros empezamos a sentirnos incomprendidos, no vistos, poco queridos. Y cuanto más esperamos que lo adivinen, más nos alejamos emocionalmente.
En consulta, es muy habitual ver parejas atrapadas en esta dinámica. Dos personas que se quieren, pero que llevan tiempo sin decirse lo que realmente necesitan. Y lo que se interpone no es la falta de amor, sino el miedo a mostrar vulnerabilidad, a parecer frágiles, a ser juzgados. Pero pedir —cuando se hace con respeto y claridad— no es una señal de debilidad. Es un acto de responsabilidad emocional.
Las expectativas invisibles
En toda relación hay acuerdos explícitos (lo que hablamos, lo que pactamos) y acuerdos implícitos (lo que damos por hecho). Esos acuerdos implícitos son los que más tensiones generan cuando no se cumplen, porque muchas veces ni siquiera se han puesto en palabras.
Pedir lo que necesitamos no garantiza que la otra persona siempre lo dé, pero sí ayuda a crear un espacio donde hablarlo. Nos da la oportunidad de construir una relación basada en la comprensión mutua y no en suposiciones.
- “Hoy necesito que me escuches sin intentar solucionarlo.”
- “Me haría bien que me acompañaras, aunque no digas nada.”
- “Me gustaría que nos abrazáramos un rato sin hablar.”
No son exigencias. Son invitaciones a estar presentes el uno con el otro, desde la honestidad.
Porque el amor no necesita telepatía. Necesita comunicación, apertura y valentía para mostrarnos tal como somos, con lo que sentimos y con lo que necesitamos.
Y sobre todo, necesita práctica. Porque aprender a pedir no siempre es fácil… pero puede cambiarlo todo.
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