
Cada vez más jóvenes adultos se encuentran atrapados en una realidad contradictoria: quieren dejar la casa familiar, pero no tienen medios para hacerlo.
Las tensiones con los padres, los juicios constantes o el silencio emocional acaban desgastando. No siempre hay discusiones abiertas ni gritos, pero sí una convivencia fría, marcada por el malestar. Otras veces hay control, sobreprotección o estilos de vida que chocan. Sea cual sea el caso, muchas personas jóvenes dejan de sentirse en casa incluso estando en su propia habitación.
Pero irse no es una opción sencilla.
La falta de estabilidad laboral, los sueldos bajos, los alquileres imposibles o el miedo a no poder sostenerse hacen que, aun deseando marcharse, muchos sigan dependiendo económicamente de sus familias. Y eso genera un nudo emocional difícil de deshacer:
– No puedo quedarme sin sufrir.
– No puedo irme sin caer.
Ese “ni dentro ni fuera” se convierte en una forma de encierro.
Encierro en lo práctico… y también en lo emocional.
Desde fuera, es fácil juzgar con frases como “si tan mal estás, lárgate” o “ya va siendo hora de volar solo”. Pero esto no es una cuestión de comodidad. Es, muchas veces, una forma de resistencia: quedarse donde no se quiere estar porque no hay aún otro lugar posible.
En consulta, este tema aparece con frecuencia. Y detrás de él suelen encontrarse:
– una autoestima erosionada por años de tensión,
– culpa o miedo a tomar distancia,
– dudas sobre la propia capacidad para empezar de cero,
– tristeza por un vínculo familiar que duele más de lo que sostiene.
¿Qué se puede hacer cuando no puedes irte… pero tampoco puedes estar?
Aunque no siempre sea posible cambiar la realidad externa, sí podemos trabajar desde dentro hacia fuera. Algunas herramientas que utilizamos en terapia para acompañar este tipo de procesos:
– Cuidar tu espacio mental.
Cuando el entorno es ruidoso o invasivo, cultivar espacios internos de calma se vuelve esencial. Prácticas como la respiración consciente, la escritura emocional o los rituales diarios sencillos (ducharte con música, salir a caminar solo, leer antes de dormir…) ayudan a recuperar sensación de control.
– Establecer límites suaves pero firmes.
No hace falta pelear cada vez. A veces basta con no entrar en ciertas conversaciones, aprender a retirarse a tiempo o responder desde el autocuidado. Los límites también pueden ser emocionales: no contarlo todo, no pedir aprobación constante, no exponerse a ciertas críticas.
– Recuperar tu identidad fuera del rol familiar.
Cuando se convive bajo el mismo techo, es fácil volver a ocupar el lugar de “hijo pequeño”. Por eso es importante reforzar la autonomía: tomar tus propias decisiones, gestionar tu tiempo, buscar espacios donde no seas solo “el hijo de”. Aunque sigas en casa, puedes vivir desde tu adultez.
– Diseñar un plan a medio plazo.
Independizarse puede parecer inalcanzable, pero a veces lo inalcanzable solo necesita un mapa. Empezar a formarte, buscar ingresos aunque sean pequeños, compartir vivienda, reducir gastos, pedir ayuda… Cada paso cuenta. Y trazarlos en orden, con apoyo emocional, ayuda a sostener la motivación.
– Trabajar el diálogo interior.
Muchos jóvenes que viven esta situación se juzgan con dureza: “soy un parásito”, “no he conseguido nada”, “todo el mundo ya vive fuera”… Reestructurar ese discurso interno es clave. No estás fracasando: estás sobreviviendo como puedes en un contexto difícil. Y eso también es valentía.
No siempre podemos cambiar la casa donde vivimos.
Pero sí podemos cambiar la forma en que nos tratamos mientras seguimos ahí.
Y a veces, ese cuidado es el primer paso hacia la verdadera independencia.
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