autoexigencia

By

Hay personas que nunca se permiten fallar. Personas que, incluso cuando todo sale bien, encuentran algún detalle que podría haberse hecho mejor. No lo hacen por arrogancia ni por necesidad de reconocimiento externo. Lo hacen porque su termómetro interno está calibrado con un estándar inalcanzable. Lo hacen porque, en algún punto de su historia, aprendieron que rendir era sinónimo de valer.

El problema es que esta forma de exigirse, aunque al principio puede dar frutos (rendimiento académico, eficacia laboral, capacidad de organización), con el tiempo pasa factura. Porque no hay descanso posible si la paz interior depende de hacerlo todo perfecto. Porque no hay espacio para el error, la improvisación o la ternura si cada paso es una prueba. Porque vivir así agota.

Muchas veces, la autoexigencia se confunde con responsabilidad o compromiso. Pero no es lo mismo. Comprometerse implica cuidar, dar lo mejor de uno mismo y responder con honestidad. Autoexigirse, en cambio, implica no poder parar. No permitirse estar regular. No perdonarse los días torpes ni las emociones incómodas.

Detrás de ese impulso por hacerlo todo bien suele haber miedo. Miedo al juicio, a decepcionar, a no estar a la altura. A veces, ese miedo se sostiene desde la infancia: por haber crecido con mensajes contradictorios, por haber tenido que ocupar roles de adulto demasiado pronto o simplemente por haber sentido que había que ganarse el cariño cumpliendo expectativas.

En consulta veo a menudo a personas atrapadas en esta rueda. Son personas valientes, sensibles, cuidadoras. Personas que hacen mucho más de lo que reconocen. Que escuchan a los demás con respeto, pero que se hablan a sí mismas con dureza. Que se culpan por no llegar, pero nunca se felicitan por todo lo que ya hacen.

Por eso, cuando empezamos a trabajar juntos, uno de los primeros pasos es cuestionar esa voz interna que nunca descansa. ¿Quién habla ahí dentro? ¿Quién le enseñó que había que hacerlo todo perfecto para estar en paz? ¿Qué pasaría si por un día se tratara con la misma comprensión que ofrece a los demás?

No se trata de dejar de cuidar o de renunciar a las metas. Se trata de aprender a regular ese motor interno que nunca se apaga. De diferenciar el valor personal del resultado. De entender que descansar también es responsabilidad. Que no somos máquinas de rendimiento. Que no hace falta demostrar nada para merecer estar bien.

Y que empezar a vivir con menos presión no significa conformarse: significa sanar.

Posted In ,

Deja un comentario