madres que dividen

By


En algunas familias, las relaciones entre hermanos se ven enturbiadas no por lo que ocurre entre ellos, sino por lo que una figura central —en muchos casos, la madre— transmite, interpreta o alimenta con sus palabras. Son situaciones en las que uno de los hijos se convierte en confidente emocional de la madre, mientras que otro es objeto de críticas constantes, comentarios negativos o comparaciones que calan hondo.

A veces, no se nota desde fuera. Todo parece normal: reuniones familiares, fotos en celebraciones, abrazos de compromiso. Pero debajo, hay un dolor sordo que nace del desequilibrio, del favoritismo, de las verdades a medias.

No se trata de juzgar a esas madres como malas personas. A menudo, ellas también vienen de heridas sin elaborar, de aprendizajes torcidos sobre el afecto, la comunicación o el control emocional. Pero sí es importante reconocer el impacto que tiene ese malmeter: sembrar desconfianza, alimentar rivalidades, promover una visión distorsionada de los demás miembros de la familia.

Cuando una madre dice a un hijo “no le digas nada a tu hermano, ya sabes cómo es” o le transmite constantemente que su hermana “solo mira por ella”, está marcando un territorio emocional que en lugar de unir, separa. No está ayudando a que sus hijos se entiendan entre sí, sino a que se enfrenten o se alejen. Y, con el tiempo, esas semillas dan frutos: resentimiento, distancia, incomprensión.

Quienes han crecido en este tipo de entornos suelen sentirse atrapados entre la culpa y la lealtad. Cuesta mucho reconocer que una madre puede ejercer influencia de forma nociva, sobre todo si ha estado presente, si ha cuidado, si ha querido a su manera. Pero querer no siempre es saber cuidar. Y el amor no justifica el daño.

La buena noticia es que las relaciones familiares no están condenadas al patrón aprendido. Se puede trabajar en terapia el rol que uno ha ocupado dentro de su sistema familiar, se pueden revisar las narrativas heredadas, desmontar las etiquetas impuestas y reconstruir vínculos más libres y auténticos, cuando hay voluntad para ello.

Y también es legítimo tomar distancia, poner límites o priorizar el propio bienestar si el ambiente familiar sigue siendo tóxico.

Hablar de esto es incómodo, pero necesario. Porque solo poniendo palabras a lo que dolió, aunque venga de alguien querido, podemos empezar a sanarlo.

¿Te has visto envuelto en este tipo de dinámicas familiares? ¿Sientes que te han colocado en un lugar que no elegiste dentro de tu propia familia?

Si necesitas ayuda para comprender lo que viviste y empezar a cuidar tus propios vínculos desde otro lugar, estaré encantada de acompañarte. Puedes escribirme y lo hablamos.

Posted In ,

Deja un comentario