
Hay una pregunta que a veces se cuela en silencio, cuando el cansancio emocional empieza a pesar más que la rabia:
¿Quiero tener razón… o quiero estar en paz?
No es una rendición. No es justificar lo injustificable. Es una pregunta honesta que aparece cuando llevamos demasiado tiempo sosteniendo un conflicto, aunque sea en la mente, aunque no se diga en voz alta.
Porque tener razón puede ser legítimo. A veces nos la quitaron cuando más la teníamos. A veces nadie defendió lo que debieron defender. Y claro que duele. Pero cuando esa necesidad de que por fin se reconozca la verdad se convierte en el eje de nuestra vida emocional, el precio puede ser demasiado alto: agotamiento, resentimiento, estancamiento.
Estar en paz no significa olvidar, ni hacer como si nada hubiera pasado.
Estar en paz es dejar de poner la energía vital en el lugar donde no va a ser reparada.
Es decir: “Esto me dolió, y no puedo cambiar lo que hicieron. Pero sí puedo decidir qué hago yo ahora con todo eso.”
A veces la disculpa que esperamos nunca llega. A veces no hay reconocimiento, ni conversación pendiente, ni justicia emocional.
Y entonces, ¿qué hacemos con el dolor?
Algunas personas intentan borrarlo. Otras se quedan atrapadas en él.
Pero hay otra posibilidad: recolocarlo.
No se trata de perdonar sin sentirlo, ni de ser magnánimos cuando estamos rotos. Se trata de dejar de vincular nuestra tranquilidad con lo que alguien más haga o no haga.
A veces, el mayor acto de libertad es no necesitar que el otro entienda.
A veces, estar en paz significa bajar la voz interna que sigue reclamando, y empezar a escucharnos a nosotros.
“Tengo razón, pero ya no necesito demostrarlo. Tengo dolor, pero ya no quiero vivir desde ahí.”
La paz no llega de golpe, ni es una meta final.
Es una decisión pequeña, silenciosa, que tomamos cada día: priorizar lo que nos hace bien, aunque todavía duela lo que nos hicieron mal.
Y esa decisión, poco a poco, transforma.
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