
Hay duelos que duelen distinto. No porque sean más leves, sino porque se entremezclan con otras emociones difíciles de nombrar.
Cuando muere alguien a quien quisimos -una madre, una abuela- cuya vida estuvo atravesada por el sufrimiento, no solo lloramos su ausencia. También duele todo lo que vivió. Todo lo que no tuvo. Todo lo que merecía y no llegó.
Duele mirar atrás y reconocer que muchas veces sobrevivió más que vivió. Que arrastró historias duras, silencios impuestos, obligaciones tempranas. Que cuidó sin ser cuidada, que amó como pudo, que calló más de lo que habló. Que nadie le preguntó si estaba bien.
A veces, incluso sentimos un extraño alivio: porque por fin descansa, porque ya no lucha, porque ya no duele. Y luego, la culpa por sentir ese alivio. Como si el amor no pudiera incluir también el deseo profundo de que el sufrimiento termine, aunque eso implique una despedida.
En estos casos, el duelo no es solo por la persona, sino por su historia. Por lo que le hicieron. Por lo que le faltó. Por la vida que no pudo ser.
Y como todo duelo, puede pasar por fases. Tal vez primero negamos: “No puede ser que ya no esté”. Luego aparece la rabia: por todo lo que vivió y no merecía. La tristeza se instala más tarde, en lo cotidiano, en lo que ya no vuelve. Y, con el tiempo, si llega, una cierta aceptación: no porque duela menos, sino porque aprendemos a sostener ese dolor sin que lo inunde todo.
Hay algo que puede ayudar: honrar su memoria no solo por lo que fue, sino por todo lo que resistió. Por las veces que se levantó sin fuerzas. Por el amor que dio, incluso cuando apenas le quedaba algo para sí. Por haber seguido adelante cuando todo parecía en su contra.
A veces, rendir homenaje a una madre o a una abuela así, es también comprometerse a vivir de otro modo: con más ternura, más justicia, más conciencia. Como una forma de reparación, como una promesa silenciosa: que el dolor no se repita.
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