El síndrome de la impostora

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Imagina que acabas de recibir un reconocimiento en el trabajo, aprobar un examen importante o lograr un objetivo personal. Todos te felicitan, pero dentro de ti aparece una voz que susurra: “No es para tanto, cualquiera podría haberlo hecho” o “Seguro que se equivocaron y tarde o temprano se darán cuenta”.

Ese es el síndrome de la impostora, una sensación persistente de no estar a la altura, incluso cuando hay pruebas objetivas de lo contrario.

Aunque el término se popularizó en mujeres, también afecta a hombres, y tiene un elemento en común: minimizar los propios logros y vivir con miedo constante a ser “descubierta” como un fraude.

¿De dónde viene esta sensación?

Suele tener raíces profundas:

  • Una autoexigencia desmedida, que lleva a pensar que nunca es suficiente.
  • Comparaciones constantes, sobre todo en entornos académicos, laborales o en redes sociales.
  • Mensajes recibidos en la infancia: “no te lo creas demasiado”“podrías hacerlo mejor”.
  • Experiencias donde se valoró más el resultado que el esfuerzo.

Consecuencias invisibles

El síndrome de la impostora no solo genera malestar interno; también impacta en la vida diaria:

  • Ansiedad y miedo al fracaso, que bloquean nuevas oportunidades.
  • Dificultad para celebrar logros, lo que erosiona la autoestima.
  • Sobretrabajo para “compensar” la inseguridad.
  • Relaciones desequilibradas, donde se pide validación externa constante.

Estrategias para empezar a liberarte

  1. Ponle nombre. Reconocer que no eres “incapaz”, sino que sufres este fenómeno, ya es un primer paso.
  2. Registra tus logros. Escríbelos en un cuaderno, desde los más pequeños hasta los grandes. Releerlos ayuda a combatir la amnesia selectiva de los éxitos.
  3. Normaliza el error. Equivocarse no significa que seas un fraude, sino que estás aprendiendo.
  4. Cuestiona tu diálogo interno. ¿Le hablarías así a alguien que quieres? Si no, no lo hagas contigo.
  5. Acepta los cumplidos. En lugar de restarles valor con un “no es para tanto”, prueba con un simple: “gracias”.

Una reflexión final

El síndrome de la impostora no desaparece de un día para otro. Pero con práctica, conciencia y autocompasión, es posible dejar de sentir que vives engañando al mundo y empezar a reconocer tu propio valor.

Recuerda: no necesitas demostrar nada para ser suficiente. Tus logros, tu esfuerzo y tu valor personal no son un error ni un golpe de suerte, son fruto de quién eres.

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