
Imagina que acabas de recibir un reconocimiento en el trabajo, aprobar un examen importante o lograr un objetivo personal. Todos te felicitan, pero dentro de ti aparece una voz que susurra: “No es para tanto, cualquiera podría haberlo hecho” o “Seguro que se equivocaron y tarde o temprano se darán cuenta”.
Ese es el síndrome de la impostora, una sensación persistente de no estar a la altura, incluso cuando hay pruebas objetivas de lo contrario.
Aunque el término se popularizó en mujeres, también afecta a hombres, y tiene un elemento en común: minimizar los propios logros y vivir con miedo constante a ser “descubierta” como un fraude.
¿De dónde viene esta sensación?
Suele tener raíces profundas:
- Una autoexigencia desmedida, que lleva a pensar que nunca es suficiente.
- Comparaciones constantes, sobre todo en entornos académicos, laborales o en redes sociales.
- Mensajes recibidos en la infancia: “no te lo creas demasiado”, “podrías hacerlo mejor”.
- Experiencias donde se valoró más el resultado que el esfuerzo.
Consecuencias invisibles
El síndrome de la impostora no solo genera malestar interno; también impacta en la vida diaria:
- Ansiedad y miedo al fracaso, que bloquean nuevas oportunidades.
- Dificultad para celebrar logros, lo que erosiona la autoestima.
- Sobretrabajo para “compensar” la inseguridad.
- Relaciones desequilibradas, donde se pide validación externa constante.
Estrategias para empezar a liberarte
- Ponle nombre. Reconocer que no eres “incapaz”, sino que sufres este fenómeno, ya es un primer paso.
- Registra tus logros. Escríbelos en un cuaderno, desde los más pequeños hasta los grandes. Releerlos ayuda a combatir la amnesia selectiva de los éxitos.
- Normaliza el error. Equivocarse no significa que seas un fraude, sino que estás aprendiendo.
- Cuestiona tu diálogo interno. ¿Le hablarías así a alguien que quieres? Si no, no lo hagas contigo.
- Acepta los cumplidos. En lugar de restarles valor con un “no es para tanto”, prueba con un simple: “gracias”.
Una reflexión final
El síndrome de la impostora no desaparece de un día para otro. Pero con práctica, conciencia y autocompasión, es posible dejar de sentir que vives engañando al mundo y empezar a reconocer tu propio valor.
Recuerda: no necesitas demostrar nada para ser suficiente. Tus logros, tu esfuerzo y tu valor personal no son un error ni un golpe de suerte, son fruto de quién eres.
Deja un comentario