inseguridad en la pareja

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A menudo veo en consulta parejas que, pese a quererse, viven atrapadas por la inseguridad. Uno de los dos necesita comprobar constantemente qué hace el otro, se inquieta si tarda en contestar un mensaje o interpreta la falta de un plan como señal de desinterés. No es que falte amor, es que la inseguridad se cuela y roba la calma.

La inseguridad en la pareja puede mostrarse de muchas formas: celos, miedo a perder al otro, dificultad para confiar o incapacidad de disfrutar del presente porque la mente anticipa problemas. Estas emociones rara vez nacen de la relación actual; suelen tener raíces más profundas: baja autoestima, miedo al abandono, experiencias de rechazo o heridas que dejaron relaciones pasadas. La pareja no es la causa, pero sí el escenario donde esas emociones vuelven a activarse.

El impacto no es pequeño. Quien siente inseguridad vive con ansiedad y con la sensación de que nada es suficiente. Quien la recibe, se siente observado, cuestionado o puesto a prueba. Con el tiempo, la relación se resiente: aumentan los reproches, se pierde frescura y ambos terminan agotados.

Superar esta dinámica no significa callar lo que sentimos, sino aprender a expresarlo de forma diferente. La solución no está en pedir pruebas de cariño constantes, sino en mirar hacia dentro: trabajar la autoestima, aprender a calmar los propios miedos, poner límites internos y atreverse a compartir las emociones con sinceridad. La pareja puede acompañar en este proceso, pero no sustituirlo.

La estabilidad real en una relación no surge de controlar lo que hace el otro, sino de confiar en lo que se está construyendo juntos. La seguridad no depende de que la pareja repita a cada momento lo que sentimos necesidad de escuchar, sino de contar con una base sólida de respeto, comunicación y compromiso. Esa confianza se alimenta en lo cotidiano: cumplir lo que se promete, ser coherente entre lo que se dice y lo que se hace, escuchar de verdad cuando el otro necesita hablar y mostrarse presente en los momentos importantes.

Y hay un segundo pilar igual de esencial: la seguridad personal. Cuando cada miembro se siente valioso y capaz en su vida individual, no necesita confirmaciones continuas para sostener su lugar en el vínculo. Eso permite que el cariño fluya con más libertad, sin exigencias ni presiones. Entonces la pareja se convierte en un espacio de encuentro y crecimiento, no en un examen constante.

En definitiva, la confianza mutua y la confianza en uno mismo se entrelazan: si una falla, la relación se tambalea; si ambas están presentes, la pareja gana solidez y es capaz de disfrutar del presente sin miedo al futuro.

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