
Validar a los niños: sembrar seguridad desde pequeños
Las palabras que los adultos decimos a los niños dejan una huella más profunda de lo que parece.
Cuando un niño escucha repetidamente frases como “eres tonto”, “no sirves para esto” o “siempre estás distraído”, no las interpreta como una opinión: las convierte en verdad.
A partir de ahí empieza a comportarse según esa “verdad aprendida”, aunque no sea real.
Esto es lo que en psicología llamamos profecía autocumplida: cuando una expectativa o etiqueta acaba generando el comportamiento que se esperaba.
Un niño que se siente constantemente juzgado o comparado puede crecer con una sensación de “no soy suficiente”, que en la edad adulta se traduce en baja autoestima, dependencia emocional o miedo al rechazo.
En cambio, cuando el niño se siente visto, comprendido y validado, desarrolla una base emocional sólida que le permite confiar en sí mismo, equivocarse sin miedo y relacionarse desde la calma.
Qué significa validar a un niño
Validar no es darle siempre la razón, ni evitarle las frustraciones.
Es transmitirle:
- “Entiendo lo que sientes.”
- “Tiene sentido que estés enfadado / triste / asustado.”
- “Estoy contigo, aunque no estemos de acuerdo.”
Validar no elimina el límite, pero lo hace desde la empatía:
“Sé que te da rabia que se haya acabado el juego, pero ahora toca cenar.”
“Entiendo que estés frustrado porque no te ha salido bien; todos nos equivocamos cuando aprendemos.”
Los niños que se sienten entendidos aprenden a autorregularse mejor y a nombrar sus emociones sin miedo. Esto les protege frente a la impulsividad, la vergüenza y la inseguridad en etapas posteriores.
Qué evitar
- Etiquetas: “vago”, “tonto”, “caprichoso”, “maleducado”.
Estas palabras no corrigen el comportamiento, solo dañan la identidad.
- Comparaciones: “Tu hermano lo hace mejor”, “otros niños sí pueden”.
Comparar genera rivalidad y resta confianza.
- Castigos humillantes o despectivos: como mandar “al rincón de pensar” con tono punitivo o ridiculizar al niño delante de otros.
El mensaje que reciben no es “he hecho algo mal”, sino “yo soy el problema”.
Qué hacer en su lugar
- Reforzar lo que sí hace bien: “Has tenido paciencia”, “Me gusta cómo lo has intentado”.
- Nombrar las emociones sin miedo: “Estás enfadada, lo entiendo; el enfado no es malo, solo hay que aprender a calmarlo.”
- Darle pequeños espacios de elección: “¿Quieres vestirte tú o te ayudo?” —esto fortalece la autonomía.
- Enseñarle que equivocarse no es fracasar, sino aprender.
El papel del adulto
Los niños aprenden más de cómo los miramos que de lo que les decimos.
Cada gesto, tono o mirada comunica: “Eres importante” o “Eres un problema”.
Validar no significa ser permisivo, sino educar desde el respeto y la conexión emocional.
Un niño que se siente seguro con los adultos que lo rodean desarrolla menos miedo a defraudar, más empatía y una base emocional más estable.
En definitiva, el respeto no se enseña con autoridad, sino con ejemplo.
Cuando un adulto valida, escucha y pone límites sin humillar, está enseñando al niño a respetar a los demás y a sí mismo.
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