cuando en una familia uno grita y otro aprende a desaparecer

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Hay dinámicas familiares que no se construyen desde la mala intención, pero dejan huellas profundas. Una de ellas es la que se da cuando uno de los hijos, por su comportamiento, su malestar o su dificultad para regularse, acapara gran parte de la atención familiar. Todo gira en torno a calmarle, negociar con él, evitar que estalle el conflicto.

Mientras tanto, el otro hijo aprende algo muy distinto: que para que haya paz, tiene que ceder.

Ese hijo suele escuchar frases como “no le provoques”“ya sabes cómo es”“sé tú el maduro” o “hazlo por el bien de la familia”. Y poco a poco va interiorizando que sus necesidades son secundarias, que expresar enfado no es seguro y que callar es la mejor forma de mantener el equilibrio.

No es que no tenga emociones. Es que aprende a guardárselas.

Con el tiempo, este niño o niña puede convertirse en un adulto que:

  • minimiza lo que siente,
  • se adapta en exceso a los demás,
  • se siente culpable cuando pone límites,
  • o tiene la sensación persistente de ser invisible, incluso estando presente.

Desde fuera, muchas veces se le ve como “el fuerte”, “el responsable”, “el que no da problemas”. Pero esa fortaleza suele tener un coste: nadie pregunta cómo está, porque parece que siempre puede con todo.

Es importante entender algo clave: ceder constantemente no es una virtud, es una estrategia de supervivencia emocional. Una estrategia que fue útil en su momento, pero que en la adultez suele generar relaciones desequilibradas, desgaste emocional y mucho dolor silencioso.

Nombrar estas dinámicas no es buscar culpables, sino dar espacio a lo que durante años no lo tuvo. Porque todos los hijos necesitan ser vistos, escuchados y validados, no solo los que hacen más ruido.

Si al leer esto algo te resuena, quizá no sea casualidad. A veces, empezar a sanar implica reconocer que aquello que llamamos “normal” también pudo doler.

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