
Durante años se nos ha transmitido la idea de que ciertas experiencias emocionales —como la ansiedad, el miedo o el malestar— son algo que debe eliminarse cuanto antes. Aprendemos a distraernos, a calmarnos rápido, a “estar bien” incluso cuando por dentro algo no lo está. Sin embargo, este enfoque suele tener un efecto paradójico: cuanto más evitamos sentir, menos capacidad tenemos para manejar lo que nos ocurre.
Las emociones desagradables no son un fallo del sistema, sino una parte natural de la experiencia humana. Cumplen una función: informan, alertan y señalan que algo necesita atención. El problema no es sentirlas, sino interpretarlas como peligrosas o intolerables.
Cuando una persona no se permite experimentar cierto grado de incomodidad emocional, el umbral de tolerancia se va reduciendo. Situaciones cada vez más pequeñas generan un impacto mayor, y el malestar aparece con más intensidad y frecuencia. No porque haya “más problemas”, sino porque hay menos capacidad para atravesarlos.
La regulación emocional no consiste en evitar lo que duele, sino en desarrollar la habilidad de permanecer con ello sin desbordarse. Esto no implica resignación ni pasividad, sino aprender a relacionarnos de otra forma con nuestras experiencias internas. Poder sentir sin huir amplía la sensación de control y fortalece la resiliencia psicológica.
Aceptar que sentir también forma parte de vivir no nos hace más vulnerables; al contrario, nos vuelve más flexibles y menos frágiles frente a las dificultades. La salud mental no se construye eliminando emociones, sino aprendiendo a convivir con ellas de manera más consciente y segura.
Deja un comentario