Compararte con los demás: el error invisible que daña tu bienestar

By

Compararse con los demás es una conducta humana habitual. Desde pequeños aprendemos a mirarnos en relación con otros para orientarnos, pertenecer o evaluar si “vamos bien”. El problema no es la comparación en sí, sino el lugar desde el que se hace y la información incompleta con la que se alimenta.

En consulta es frecuente escuchar pensamientos como:

“Todo el mundo tiene pareja menos yo”,

“Todos trabajan y yo estoy parado/a”,

“Las familias de los demás funcionan mejor que la mía”.

Estas comparaciones suelen hacerse desde una posición de desventaja, y acaban generando culpa, vergüenza, sensación de fracaso o inferioridad personal.

El sesgo de la comparación

Cuando nos comparamos, rara vez lo hacemos con una visión completa de la realidad. Nuestro cerebro tiende a seleccionar aquello que confirma la idea de que estamos peor, ignorando el contexto, las dificultades ajenas o los procesos invisibles.

En redes sociales este fenómeno se intensifica. Lo que vemos no es la vida cotidiana, sino una selección de momentos, roles y versiones cuidadosamente mostradas. Comparar nuestra experiencia interna (con dudas, miedos y etapas de transición) con una imagen externa genera una comparación profundamente injusta.

Comparación y autoestima

La comparación constante desde abajo erosiona la autoestima porque convierte situaciones vitales (no tener pareja, estar buscando empleo, tener conflictos familiares) en juicios sobre el propio valor. Se pasa de “estoy en un momento difícil” a “hay algo mal en mí”.

Este mecanismo es especialmente dañino cuando la persona se encuentra en procesos de cambio: duelos, rupturas, transiciones laborales, crisis vitales o redefinición personal. Los procesos no son lineales ni visibles, pero eso no los hace menos valiosos.

Una mirada más ajustada

Psicoeducar sobre la comparación no implica dejar de mirar a los demás, sino aprender a contextualizar. Algunas ideas clave:

  • Nadie muestra toda su realidad.
  • Estar en transición no equivale a estar fracasando.
  • Los tiempos vitales no son comparables entre personas.
  • El valor personal no depende de cumplir hitos sociales a una edad concreta.

Aprender a detectar cuándo aparece la comparación y qué emoción la acompaña (tristeza, miedo, envidia, rabia) permite responder con mayor autocompasión y menos autoexigencia.

Recuerda:

Compararse puede ser una señal: quizá no de que estemos peor, sino de que necesitamos mirarnos con más comprensión, revisar expectativas ajenas interiorizadas y recordar que la vida no se desarrolla al mismo ritmo para todos.

Posted In ,

Deja un comentario