
Hay momentos en los que ocurre algo que no esperábamos, algo que nos descoloca o nos duele, y sentimos la necesidad de contarlo. Buscamos comprensión, consuelo, alguien que nos escuche y nos ayude a sostener lo que estamos sintiendo.
Sin embargo, no es raro encontrarse con respuestas del tipo: “no es para tanto”, “no le des importancia” o “fíjate en todo lo bueno que tienes”. Aunque muchas veces se dicen con buena intención, este tipo de mensajes suelen generar el efecto contrario al esperado. La persona no se siente acompañada, sino cuestionada. No escucha consuelo, sino una especie de corrección emocional: “no deberías sentirte así”.
Y ahí es donde aparece algo importante: cuando algo nos afecta, no necesitamos que lo minimicen. Necesitamos que tenga sentido.
Validar no es exagerar
Que algo duela no significa que sea lo más grave que podría pasarnos. Significa, simplemente, que en este momento tiene un impacto en nosotros. Validar una emoción no es sobredimensionarla, es reconocerla.
El problema aparece cuando confundimos dos cosas: validar lo que sentimos y quedarnos atrapados en ello. Porque sí, hay experiencias que requieren tiempo, espacio y elaboración. Pero también hay otras situaciones que, sin ser especialmente graves, acaban ocupándolo todo en nuestra mente.
Por qué lo negativo pesa más
Desde la psicología sabemos que nuestro cerebro no es neutral. Tiene una tendencia clara a fijarse más en lo negativo que en lo positivo. Este fenómeno, conocido como sesgo de negatividad, tiene una base evolutiva: detectar posibles amenazas aumentaba nuestras probabilidades de supervivencia.
Por eso, lo negativo capta más atención, se repite más en nuestros pensamientos y se percibe como más importante. No porque lo sea necesariamente, sino porque nuestro cerebro lo trata como si lo fuera.
El resultado es que, en determinadas situaciones, algo que no es tan grave puede adquirir un peso desproporcionado. Y, mientras tanto, todo lo demás queda en segundo plano.
No se trata de minimizar, sino de ampliar la mirada
Ante esto, suele aparecer otra confusión: pensar que atender a lo positivo es una forma de autoengaño o un “consuelo de tontos”. Pero no es así.
No se trata de negar el dolor, ni de hacer una lista forzada de cosas buenas para sentirnos mejor. Se trata de no perder de vista la realidad completa.
Porque nuestra vida no es solo eso que ha pasado.
Es eso… y todo lo demás.
Ampliar la mirada implica poder sostener dos cosas a la vez: que algo duele y que, al mismo tiempo, hay aspectos de nuestra vida que siguen estando bien. No para compensar, sino para no reducir nuestra experiencia a una sola parte.
Una forma más ajustada de relacionarnos con lo que sentimos
Aprender a relacionarnos de esta manera con lo que nos ocurre no es inmediato. Requiere práctica, conciencia y, en muchos casos, acompañamiento.
Pero es un cambio importante.
Porque cuando solo miramos el problema, nuestra percepción se estrecha y nuestra experiencia se vuelve más pesada. En cambio, cuando somos capaces de incluir también el resto, no eliminamos el malestar, pero sí dejamos de amplificarlo.
Y eso, poco a poco, cambia la forma en la que vivimos lo que nos pasa.
Deja un comentario