
Cuando hablamos de rupturas de pareja, la atención suele centrarse casi siempre en la persona que ha sido dejada. Y tiene sentido: atravesar una pérdida afectiva puede generar tristeza, ansiedad, inseguridad, sensación de abandono y un profundo dolor emocional. Sin embargo, existe otra parte de la ruptura de la que se habla mucho menos: el sufrimiento de quien toma la decisión de marcharse. Porque dejar una relación no siempre significa dejar de querer. A veces una persona decide terminar un vínculo aun sintiendo cariño, apego o amor, simplemente porque entiende que la relación ya no le hace bien, que existen dinámicas dañinas que no consiguen cambiar o que permanecer ahí implica seguir renunciando a sí misma.Y precisamente por eso, muchas rupturas se retrasan durante meses o incluso años. No necesariamente por falta de amor, sino por culpa.
La culpa de hacer daño
Hay personas que soportan relaciones profundamente desgastadas porque no soportan la idea de herir al otro. Intentan hablar más. Esperan a que algo cambie. Dan nuevas oportunidades. Posponen conversaciones difíciles. Minimizan su malestar. Se convencen de que quizá están exagerando. Y, mientras tanto, van acumulando cansancio emocional, desconexión y una sensación creciente de estar atrapadas entre lo que sienten y lo que creen que “deberían” hacer. En muchos casos, el momento de dejar la relación no llega cuando desaparece el amor, sino cuando la persona ya no puede sostener el nivel de desgaste interno que vive permaneciendo ahí.
Cuando quien es dejado invalida el dolor del otro
Uno de los aspectos más difíciles de algunas rupturas aparece cuando la persona que ha sido dejada responde desde la culpa, el reproche o la invalidación emocional. Frases como:»Si de verdad me quisieras no harías esto», «Me estás destrozando la vida», «Todo el daño que me haces te dará igual», «Después de todo lo que hice por ti», pueden generar en quien se marcha una enorme carga emocional. Y aunque el dolor de la persona dejada es legítimo, eso no significa que el otro deje automáticamente de tener derecho a sentirse mal también. Porque tomar la decisión de irse no convierte a alguien en frío, cruel o insensible. De hecho, muchas personas que dejan una relación atraviesan un duelo silencioso lleno de ambivalencia, ansiedad y culpa. Algunas incluso terminan cuestionándose constantemente si están haciendo “lo correcto”, especialmente cuando el otro expresa el sufrimiento de una manera muy intensa.
El riesgo de convertir el dolor en responsabilidad
Es importante distinguir entre expresar sufrimiento y convertir al otro en responsable absoluto de nuestra estabilidad emocional. Cuando una ruptura se vive desde la idea de: “Si te vas, me destruyes” o “Si me quisieras de verdad, te quedarías”, la relación deja de sostenerse desde la elección libre y empieza a sostenerse desde la culpa. Y quedarse únicamente para evitar el dolor del otro rara vez construye relaciones sanas a largo plazo. Porque el miedo a herir no puede convertirse en la única razón para permanecer en una relación.
A veces, cuidar también implica irse
Hay rupturas donde ninguna de las dos personas es “la mala”. Simplemente existen heridas, necesidades, ritmos o maneras de vincularse que dejan de encajar. Aceptar esto suele ser difícil porque culturalmente seguimos asociando el amor con aguantar, insistir o no rendirse nunca. Pero las relaciones sanas no deberían sostenerse únicamente desde el sacrificio emocional. A veces, marcharse también es una forma de honestidad.
Y aunque una ruptura duela para ambas partes, poder reconocer el sufrimiento de los dos lados suele ayudar a cerrar las relaciones de una manera mucho menos destructiva.
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