
Hay personas que parecen afrontar los problemas con una serenidad sorprendente. No significa que no sufran o que no sientan miedo, sino que han desarrollado la capacidad de seguir adelante incluso cuando la situación resulta incómoda.
En cambio, otras personas sienten que cada vez les cuesta más hacer cosas que, en realidad, saben que les beneficiarían: empezar una tarea importante, mantener una conversación difícil, estudiar, hacer ejercicio, pedir ayuda o simplemente dejar el móvil y concentrarse unos minutos.
Es habitual interpretar esto como una falta de fuerza de voluntad.
Sin embargo, la explicación suele ser bastante más compleja.
El cerebro aprende de aquello que repetimos
Nuestro cerebro está en constante cambio. A esta capacidad para reorganizarse y adaptarse en función de la experiencia la conocemos como neuroplasticidad.
Cada experiencia repetida fortalece determinadas conexiones neuronales y hace que ciertos patrones de respuesta resulten cada vez más automáticos.
Esto significa que nuestro cerebro no solo aprende cuando adquirimos un idioma o practicamos un instrumento. También aprende cómo respondemos ante el miedo, el esfuerzo, la incertidumbre o la incomodidad.
Cada vez que evitamos sistemáticamente aquello que nos resulta desagradable, nuestro cerebro registra un mensaje muy concreto:
“Eso era peligroso. Menos mal que lo evitamos.”
A corto plazo sentimos alivio.
A largo plazo, la evitación se convierte en la estrategia preferida.
La corteza prefrontal: mucho más que fuerza de voluntad
Cuando hablamos de autocontrol solemos imaginar que existe una especie de “músculo de la voluntad”. La realidad es más interesante.
La corteza prefrontal, situada en la parte anterior del cerebro, participa en funciones tan importantes como:
- La planificación.
- La toma de decisiones.
- La regulación emocional.
- La atención.
- El control de los impulsos.
- La capacidad para mantener una conducta orientada a un objetivo, incluso cuando aparece el cansancio o la incomodidad.
No funciona de manera aislada. Mantiene un diálogo continuo con estructuras cerebrales implicadas en el procesamiento emocional, como la amígdala, que detecta posibles amenazas y activa respuestas de alarma cuando interpreta que existe un peligro.
Cuando aprendemos a permanecer en situaciones incómodas sin escapar inmediatamente de ellas, no estamos “apagando” nuestras emociones. Lo que hacemos es ofrecerle al cerebro nuevas experiencias que le permiten actualizar sus predicciones.
Con el tiempo, aquello que inicialmente parecía insoportable deja de generar la misma respuesta de alarma.
El problema de la comodidad constante
Nunca antes habíamos tenido tantas posibilidades de eliminar cualquier sensación desagradable de forma inmediata.
Nos aburrimos y cogemos el móvil.
Nos sentimos incómodos y buscamos distraernos.
Estamos nerviosos y cambiamos de tarea.
Algo requiere esfuerzo y lo dejamos para mañana.
El problema no es utilizar estas estrategias de vez en cuando. Todas ellas pueden resultar útiles en determinados momentos.
El problema aparece cuando la evitación se convierte en nuestra respuesta habitual.
Porque cada vez que escapamos automáticamente de una situación incómoda, reducimos la ansiedad de forma inmediata. Y precisamente ese alivio hace que sea más probable volver a evitar la próxima vez.
En psicología conocemos este proceso como refuerzo negativo: la conducta de evitar se mantiene porque consigue eliminar un estado desagradable.
Paradójicamente, cuanto más evitamos determinadas situaciones, más difíciles terminan pareciéndonos.
La incomodidad no es el enemigo
Existe una idea muy extendida: si algo genera ansiedad, lo mejor es esperar a sentirnos preparados antes de afrontarlo.
Sin embargo, la evidencia científica muestra que muchas veces ocurre justo lo contrario.
En numerosos problemas psicológicos —como algunos trastornos de ansiedad, determinadas fobias o la ansiedad social— una parte importante del tratamiento consiste precisamente en aprender a permanecer en aquellas situaciones que generan malestar, permitiendo que el cerebro descubra, mediante la experiencia, que puede tolerarlas.
No se trata de exponerse de manera imprudente ni de buscar el sufrimiento.
Se trata de comprobar, poco a poco, que somos más capaces de lo que nuestra ansiedad nos hace creer.
Entrenar el cerebro también significa elegir
La fortaleza mental rara vez aparece de forma espontánea.
Se construye mediante pequeñas decisiones cotidianas.
Responder ese mensaje pendiente.
Terminar una tarea aunque no tengamos demasiadas ganas.
Mantener una conversación incómoda con respeto.
Pedir ayuda.
Poner un límite.
Reconocer un error.
Levantarnos cuando suena el despertador.
Cada una de esas decisiones representa una oportunidad para que nuestro cerebro aprenda algo nuevo.
No porque la incomodidad sea buena en sí misma.
Sino porque aprender que podemos tolerarla nos hace cada vez más flexibles.
Y la flexibilidad psicológica es uno de los factores que mejor predicen nuestra capacidad para adaptarnos a los cambios y afrontar las dificultades de la vida.
Una pregunta para terminar
La próxima vez que aparezca una pequeña incomodidad, pregúntate:
¿Estoy tomando esta decisión porque realmente es la mejor para mí… o porque mi cerebro está buscando el alivio más inmediato?
La respuesta no siempre será sencilla.
Pero hacerte esa pregunta ya supone un primer paso hacia una relación diferente con el esfuerzo, el miedo y la incertidumbre.
Y quizá ahí empiece el verdadero cambio.
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