
He vuelto de vacaciones con una imagen que se me ha quedado especialmente grabada.
Durante unos días estuvimos en un hotel y, prácticamente cada vez que entrábamos al comedor, se repetía una escena: niños muy pequeños —algunos de apenas dos o tres años— comiendo o cenando mientras miraban un teléfono móvil.
No hablo de un momento puntual. Lo que me llamó la atención fue precisamente la frecuencia con la que lo veía.
Y, quizá por deformación profesional, empecé a pensar no tanto en lo que esos niños estaban viendo, sino en todo lo que estaba dejando de ocurrir mientras miraban la pantalla.
Una comida es mucho más que comer
Para un adulto, sentarse a la mesa puede ser un acto rutinario. Para un niño pequeño, sin embargo, es también un escenario de aprendizaje.
Mientras come tiene que esperar. Escucha conversaciones que no siempre le interesan. Observa a los demás. Pide cosas. A veces tiene que aceptar un “ahora no”. Puede aburrirse. Se impacienta. Quiere levantarse antes de tiempo. Interactúa con quienes están a su alrededor.
Son experiencias aparentemente insignificantes, pero precisamente en esa cotidianidad se van desarrollando capacidades fundamentales.
La atención, la autorregulación, la tolerancia a la frustración, la capacidad de esperar, las habilidades comunicativas o el aprendizaje de determinadas normas sociales no aparecen de repente. Se construyen poco a poco y necesitan oportunidades para practicarse.
El problema no es únicamente el tiempo de pantalla
Cuando hablamos de infancia y tecnología solemos centrarnos en cuánto tiempo pasan los niños delante de un dispositivo.
Es importante, por supuesto. Pero hay otra pregunta que me parece igual de relevante: ¿Qué está sustituyendo la pantalla?
No es lo mismo utilizarla durante un viaje largo o en una situación excepcional que recurrir a ella sistemáticamente cada vez que aparece aburrimiento, impaciencia, protesta o malestar.
Porque si cada pequeña incomodidad desaparece inmediatamente gracias a un estímulo atractivo, el niño tiene menos oportunidades de descubrir algo fundamental: que puede tolerar esa incomodidad y que no necesita eliminarla de manera inmediata.
Aprender a aburrirse también es aprender
El aburrimiento tiene muy mala fama.
A los adultos nos incomoda ver a un niño sin hacer nada. Enseguida buscamos algo para entretenerlo: un juguete, un vídeo, un juego, nuestro teléfono.
Sin embargo, un cierto grado de aburrimiento es una experiencia normal y necesaria.
Cuando no existe un estímulo inmediato, el niño tiene que mirar a su alrededor, buscar alternativas, imaginar, conversar o simplemente esperar.
Y, sobre todo, aprende algo que será muy importante en su vida adulta: no todos los momentos tienen que ser interesantes, divertidos o gratificantes.
La capacidad de permanecer en situaciones poco estimulantes también forma parte de la regulación emocional.
Un cerebro acostumbrado a la estimulación inmediata
Los dispositivos digitales ofrecen algo especialmente atractivo para un cerebro en desarrollo: estímulos rápidos, cambiantes y disponibles prácticamente al instante.
Esto no significa que una pantalla vaya a perjudicar por sí sola el desarrollo de un niño ni que debamos convertir la tecnología en el enemigo.
El problema aparece cuando el cerebro empieza a encontrar sistemáticamente una fuente de estimulación externa cada vez que surge una situación que exige esperar, sostener la atención o tolerar cierta incomodidad.
La infancia necesita estimulación, pero también necesita pausas.
Necesita momentos interesantes y momentos aburridos.
Necesita gratificación, pero también aprender que algunas cosas requieren espera.
Tampoco se trata de culpabilizar a las familias
Creo que esta parte es especialmente importante.
Criar es agotador.
Hay padres que llegan a una cena después de un día entero atendiendo necesidades, resolviendo conflictos, trabajando y tratando simplemente de conseguir que todos coman con un mínimo de tranquilidad.
Y un móvil funciona.
El niño se entretiene. Permanece sentado. Los adultos pueden hablar. La comida transcurre con menos conflicto.
Por eso es fácil comprender cómo una solución puntual puede terminar convirtiéndose, casi sin darnos cuenta, en una rutina.
No necesitamos padres perfectos ni niños que jamás utilicen una pantalla.
Necesitamos adultos capaces de preguntarse de vez en cuando para qué la estamos utilizando.
Quizá podamos empezar por algo muy sencillo
No hace falta transformar todas las rutinas familiares de un día para otro.
Podemos empezar dejando algunos espacios libres de dispositivos.
Una comida. Un trayecto corto. Diez minutos de espera. Una conversación.
Y permitir que aparezca lo que tenga que aparecer.
“Me aburro”.
“Quiero el móvil”.
“¿Cuánto falta?”.
“No quiero estar sentado”.
Puede resultar incómodo.
Pero quizá nuestra función no sea conseguir que nuestros hijos nunca se aburran, nunca protesten o nunca se frustren.
Quizá sea acompañarlos mientras aprenden que pueden aburrirse, pueden esperar, pueden frustrarse un poco… y no pasa nada.
Porque crecer también consiste en eso.
Y la próxima vez que pongamos un teléfono delante de un niño para hacer más fácil un momento cotidiano, quizá merezca la pena hacernos una pregunta: ¿Qué está dejando de experimentar mientras mira esa pantalla?
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